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Noticias

La prensa ha dicho de “Los desorientados”…

31 de octubre de 2012

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Os dejamos algunas de las noticias que han aparecido en la prensa española con motivo de la visita de Amin Maalouf a España.

MAALOUF Y LA NOSTALGIA DEL PORVENIR (EL PAÍS, 23/10)

En Los desorientados, hay un momento en el que alguien dice: "El país del que tengo nostalgia no es el pasado, es el porvenir". Maalouf cree que su generación tiene razones para la nostalgia. "Se es nostálgico de todos los sueños que se han tenido y no se han realizado", dice. "Y hay ideales indispensables que nosotros hemos tenido y ahora son rechazados: los de solidaridad y de igualdad. Estamos en un mundo donde la desigualdad es promocionada como una forma de modernidad".

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"EL MUNDO ÁRABE NECESITA UN SIGLO DE LAS LUCES" (ABC, 22/10)

El reencuentro años después de varios amigos con creencias e ideologías dispares es el punto de partida de Los desorientados, la nueva novela de Amin Maalouf. "Es mi obra más personal, donde plasmo recuerdos de mi juventud, pero también mis sueños y fantasmas", explica el escritor libanés afincado en París durante la presentación en Madrid del libro. Y es que el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2010 reconoce tener una "relación especial con España" desde que fijó parte de la acción de su primera obra, León el Africano, en España.

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AMIN MAALOUF: "AMENAZAN A EUROPA POR TODOS LOS FLANCOS" (LA RAZÓN, 23/10)

-¿El novelista que no habla de sí mismo en el fondo no habla de nada?

-(Risas) Siempre se está hablando de uno mismo. Cuando escribí León el Africano, pese a tratarse de un personaje histórico, no era inocente: alguien que se tuvo que marchar de Granada debido a una guerra tuvo que renunciar a su lengua y escribir en otro idioma. Hablaba de él y de mí. Aunque este libro es más personal: me he alimentado de sueños, fantasmas, remordimientos, recuerdos...

-¿Sus personajes están desorientados u orientados en la dirección que pueden?

-Ese término encierra ambigüedad. El mundo en que vivimos está desorientado porque no sólo perdemos «el norte», sino que perdemos el «oriente» que necesitábamos, ese modelo de «civilización levantina» que había tenido una experiencia secular de vida en común en varias comunidades (Alejandría, Constantinopla...); si esa experiencia desaparece, el mundo pierde mucho.

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"NO ME SIENTO UN DESERTOR POR HABER DEJADO EL LÍBANO CUANDO ESTALLÓ LA GUERRA" (EL CULTURAL DE EL MUNDO)

Maalouf por fin aborda este capítulo biográfico e íntimo que hasta ahora había estado sobrevolando sin atreverse a aterrizar en él. Su camino ha sido el inverso al habitual. En lugar de hablar en sus primeros libros de su experiencia directa, se había remontado a periodos previos a sus propias vivencias. Así lo hizo con León el Africano (ambientado en el mundo mediterráneo del siglo XVI) y Orígenes (enclavado en la época de sus abuelos). Los desorientados es, en cierto modo, un intento de cerrar esa herida de una vez por todas, un libro en el que vuelve a mirar a la cara a todos aquellos amigos que siguieron caminos tan dispares y entre los que los terminaron por entrometerse los prejuicios políticos e identitarios.

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MAALOUF, CONVENCIDO DE QUE LA SITUACIÓN EN EL LÍBANO SE AGRAVARÁ (LA VANGUARDIA, 22/10)

En Los desorientados, publicado por Alianza Editorial, Maalouf regresa literariamente a su país natal para reflexionar sobre el exilio, la nostalgia, la amistad y la memoria a través de la historia de un profesor que vuelve tras 25 años y se reencuentra con sus amigos de la juventud. A pesar de que no es una novela autobiográfica, el libro se inspira en el ambiente de su juventud en el Líbano, cuenta el escritor, que considera a su protagonista, Adam, como su "hermano pequeño" ya que tiene sus mismos puntos de vista aunque su vida sea diferente. Al igual que Adam, el autor de obras como León el Africano nació en Beirut y en 1975, tras el estallido de la guerra del Líbano, se exilió a Francia, donde vive actualmente.

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AMIN MAALOUF: "LA CULTURA ES ESENCIAL Y MÁS EN ÉPOCAS DE CRISIS" (EL PERIÓDICO, 25/10)

-¿Avisa en la novela de que la muerte acecha en cualquier esquina y que hay que aprovechar la vida?

-Explico mi filosofía de vida. Que debemos preocuparnos de la evolución del mundo, defenderlo e intentar cambiarlo pero sin dejar de vivir cada instante, los momentos de amistad, amor, placer, diversión y felicidad. Vivimos una época de dudas y turbulencias, seguramente de decadencia, pero es también un periodo fascinante, con medios y una calidad de vida que generaciones anteriores ni soñaron. Pero no sabemos qué hacer con esos medios, nos faltan las instrucciones morales.

-¿Y ahí puede ayudar el compromiso de los intelectuales?

-El papel del escritor es pensar el mundo y el de la cultura y la literatura es esencial. Nos permiten imaginar un mundo diferente y eso hoy, en época de crisis, es más necesario que nunca, porque nos falta una orientación, necesitamos saber hacia dónde va nuestra sociedad, con qué bases la construimos, y la cultura nos puede enseñar el camino. Es el sentido del título: estamos totalmente desorientados.

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TVE

Maalouf vuelve, como el protagonista de su novela, al país del que marchó en 1965, y vuelve con una gran nostalgia de aquel tiempo irrepetible: "he escrito este libro con mucha alegría, porque he vuelto a mis años de juventud, de universidad? años muy hermosos en los que teníamos muchos sueños. Aunque esos sueños no se hayan hecho realidad".

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Los buenos exilios. Por Imma Monsó (La Vanguardia).

26 de octubre de 2012

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Amin Maalouf presentó ayer en Barcelona su último libro. Maalouf es, como Gombrovicz o Kundera, uno de esos escritores expertos en buenos exilios. Abandonó el Líbano cuando la guerra empezó a mancillar lo que hasta entonces era el paraíso más próspero y cosmopolita de Oriente Próximo. Se instaló en Francia con todo lo que la decisión comportaba: el deseo de un futuro mejor, pero también la carga de culpabilidad por haber desertado de un lugar amado que se volvía invivible, también la herida de separarse de sus mejores amigos, también la certeza de que tendría que soportar los reproches explícitos o mudos de aquellos que se consideraban los suyos. Este exilio, que marcó un antes y un después en su vida, no era ni mucho menos el primero, pues la sensación de ser extranjero en cualquier parte lo ha acompañado desde la infancia. La sensación de exilio, obligado o elegido, es una de las mejores terapias que se puedan llevar a cabo contra la intransigencia. Proporciona perspectiva.

Y no estoy hablando de los grandes exilios: cualquier pequeño exilio puede ser aprovechado para sobrevolar un poco las miserias del entorno más inmediato. Cuenta Maalouf que para él fue más fácil pasar de Beirut a París que para su padre trasladarse a Beirut desde su pueblo, que sólo distaba cuarenta kilómetros de la capital. "En el Líbano -dice Maalouf-, las distancias objetivas son siempre ínfimas, mientras que las verdaderas distancias, las distancias interiores, son considerables". Podemos añadir que no sólo en el Líbano sucede esto. Si me apuran, ni siquiera es necesario mover un pie para sentir esa distancia: hay quien recorre el mundo entero y jamás se mueve del sitio. Y hay quien sin salir de casa está siempre en otra parte. Por supuesto, el estado de exiliado es como todas las adversidades: te puede hacer más fuerte o más débil. Te puede abrir al mundo o encerrarte en tu gueto: todo depende del crédito que estés dispuesto a conceder a tus prejuicios y del tiempo que quieras dedicar a expulsarlos. Aferrados al alma como la liendre al cabello, los prejuicios no desaparecen con un simple lavado. Si me disculpan la piojosa metáfora, hemos de observarlos uno a uno y extirparlos con paciencia. En tiempos de conflictos, nos conviene pararnos a analizarlos con mucho detenimiento. Y los expertos en exilios son de gran utilidad, porque saben bien lo que significa la mirada ajena cargada de prejuicios, esa que cuando te mira no ve en ti a un individuo, a una acumulación única de identidades distintas, sino que sólo ve la intercambiable pieza de un colectivo: un catalán, un serbio, un musulmán, un judío, un chino...

Sí, conviene leer a los expertos en exilios, en este momento, más que nunca.

Maalouf y la nostalgia del porvenir. Por Javier Valenzuela (El País).

25 de octubre de 2012

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Amin Maalouf, que está en Madrid presentando Los desorientados (Editorial Alianza), su última novela, sigue con preocupación las noticias de Líbano, su país natal. "¿Qué es lo último?", pregunta nada más estrecharnos la mano en un despacho de la Casa Árabe. "Parece que se multiplican los llamamientos a la calma, que ninguna de las partes quiere lanzarse a un conflicto incontrolable", le respondo. Y añado: "Por el momento". Maalouf carraspea -anda acatarrado- y dice: "Sí, cada vez va a resultar más difícil aislar a Líbano del conflicto sirio, los riesgos de extensión son enormes y crecientes".

El escritor está manifiestamente entristecido. Por lo que ahora ocurre en Líbano y por lo que ocurre en los últimos años en Europa y en todo el mundo. Y eso también se nota en Los desorientados. Maalouf cuenta en esa novela una historia que podría ser la suya: la del regreso a su país natal de Adam, alguien que lleva cinco lustros fuera, la del reencuentro de Adam con sus amigos de juventud y la evocación común de todas las cosas que se han perdido y todas las traiciones que se han cometido, la de la constatación de que todas las existencias solo son un exilio.

Al final de la novela se dice que la vida de Adam está "en suspensión, como su país, como este planeta, como todos nosotros". Sí, el mundo está en suspensión y se extiende el sentimiento de que va a terminar cayendo del lado malo. Por primera vez en su existencia, la generación de Maalouf, la que nació en mitad del siglo XX, tiene la impresión de que podría vivir los horrores que padecieron sus padres.

"Me acuerdo con frecuencia de Stefan Zweig, que, dada la evolución de la Europa de su tiempo, llegó a la conclusión de que aquel mundo ya no era el suyo", dice Maalouf. "Sentía que ya no había ninguna escapatoria, así que terminó suicidándose tras un acontecimiento que hoy nos parece muy secundario: la caída de Singapur, en 1942. Ahora muchos compartimos el sentimiento de que no hay luz al final del túnel, pero la hay, aunque no la veamos. Ahora bien, ¿es posible que tengamos que vivir años de locura y de violencia antes de llegar a la sabiduría? Es posible. Hizo falta el horror de los años treinta y la II Guerra Mundial para que Europa dijera ?basta?. Puede que el destino de la humanidad sea tener que estrellarse contra el muro para sentir así su dureza y buscar otra salida".

En 2010 Amin Maalouf firmó una petición para que el Príncipe de Asturias de la Concordia les fuera concedido a los moriscos expulsados de su tierra en los siglos XVI y XVII. No lo consiguió, pero él recibió ese año el Príncipe de Asturias de las Letras. Nacido en Beirut en 1949, instalado en Francia para escapar de las guerras que desangraron Líbano en los años setenta y ochenta, escritor en la lengua de Molière, ganador del Goncourt en 1993 y miembro de la Academia Francesa desde el pasado verano, sus ensayos y novelas siempre han sido coherentes en la defensa del mestizaje en democracia, de la asunción de las muchas identidades con las que cargamos la mayoría.

Su primer gran éxito, la novela León el Africano, versa sobre un granadino, Hasan ben Muhamad al Wazzan, que tuvo que abandonar su ciudad porque allí se imponía a sangre y fuego la voluntad uniformadora de los Reyes Católicos y su Inquisición. Cinco siglos después, las cosas no son tan diferentes. Resurgen aquí y allá los fundamentalismos religiosos y nacionales, y se desvanecen las esperanzas en que el mundo acepte a individuos como Maalouf, a la vez libanés y francófono, de origen grecocatólico y defensor de los valores laicos y democráticos, árabe y europeísta, mediterráneo y ciudadano del mundo.

"Vivir juntos es cada vez más difícil", suspira. "En el mundo árabe, la situación de las minorías es cada vez más precaria y hay una polarización comunitaria, como la que opone a chiíes y suníes, que no se conocía desde hace siglos. Y en Europa aumenta la impaciencia respecto a los musulmanes. Lo vemos incluso en sociedades con una gran tradición de apertura como Dinamarca y Holanda, que se están convirtiendo en tensas y desconfiadas. Esos dos movimientos se alimentan mutuamente, y la gente como yo se siente cada vez más inquieta, por no decir desesperada".

Respira hondo y prosigue: "Pero no me rindo. Vivir juntos es algo muy complicado, que necesita ser gestionado con sutileza, lucidez y perseverancia. No es algo que se produzca espontáneamente, ni algo que quede solucionado de una vez por todas. Pero es indispensable para evitar esa pesadilla hacia la que nos dirigimos".

-Quizá ya estemos ahí, en pesadilla -le digo-. Además del ascenso del espíritu de tribu, sufrimos la ley de la jungla en las relaciones económicas y sociales.

-Sí, las sociedades europeas viven una profunda crisis ligada al retroceso de los valores de solidaridad y bien común. Gestionar la coexistencia de gente que viene de culturas diferentes, es explosivo. Pero debemos hacerlo.

-¿Cómo?

-Lo primero es saber en qué condiciones vivimos juntos, qué es lo permisible y qué no lo es. El hecho de aceptar los otros no quiere decir aceptar cualquier cosa. Yo no estoy a favor del multiculturalismo entendido como que cada cual viva en su gueto y a su manera, estoy a favor de la integración. A favor del respeto de la dignidad del ser humano y del progreso social, no del respeto de las tradiciones. Europa debe dirigirse a los ciudadanos, no organizar las relaciones entre las tribus.

En Los desorientados, hay un momento en el que alguien dice: "El país del que tengo nostalgia no es el pasado, es el porvenir". Maalouf cree que su generación tiene razones para la nostalgia. "Se es nostálgico de todos los sueños que se han tenido y no se han realizado", dice. "Y hay ideales indispensables que nosotros hemos tenido y ahora son rechazados: los de solidaridad y de igualdad. Estamos en un mundo donde la desigualdad es promocionada como una forma de modernidad. Aún estamos en la resaca de la debacle del comunismo: se continúa considerando que todos los valores que fueron predicados, y luego travestidos, por la experiencia comunista deben ser invertidos. Esa es una receta para la destrucción del tejido social. Haría falta que el péndulo volviera al centro: ha ido de un extremo a otro y debería volver al centro".

Por Javier Valenzuela en El País

 

El optimista preocupado. Por Noelia Olbés.

25 de octubre de 2012

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La tarde nace como una gran ironía. Una grandísima ironía. Apenas un par de horas atrás la niebla enterraba a la ciudad. Esta ciudad tan nuestra. Esta ciudad tan de nadie. Afortunadamente el destino nos coloca justo en la hora en la que el sol se expande por las esquinas. Decenas de personas hacen cola, ordenadamente, rumbo a un cartel: Los desorientados. Qué ironía, decía, decidir interrumpir una jornada de lunes, estos lunes siempre tan tediosos, por un libro. Con la que está cayendo.

Dentro, los asientos custodian colores abiertos. Unos se asemejan al verde limón; otros, al azul turquesa. La sintonía de fondo murmura: "Disculpe, la presentación es en francés. ¿Desea traducción simultánea?" Aquí la marca de corte piensa en galo y escribe en arábigo, de izquierda a derecha. El suelo es de madera y su crujido acogedor. Las barandillas son de acero y su tacto vanguardista. Qué paralelismo cuando tantos dicen de Maalouf que se caracteriza por ese dualismo errante entre Oriente y Occidente. Por aquí se suceden los clicks. Rápidos. Nerviosos. Apabullantes. La sonrisa, al otro lado del flash, permanece implacable. Veo muchos regazos y aún más libros que sujetos. Esto es buena señal. Con la que está cayendo.

El turismo de frases comienza con la transformación del ser humano. Su francés es muy árabe para un árabe tan mediterráneo. Aún para los despistados es imposible no doblegarse ante tanta genialidad. "No sé si la guerra transforma a los niños en hombres. Lo que sí hace es convertir a los hombres en bestias". Todo lo que aparentemente se pueda vestir de tintes simplistas cobra solemne significado en la boca de alguien que vio nacer a la guerra bajo su ventana. "Me siento desorientado porque algo se ha perdido". "Hemos desaprendido a vivir juntos". "Los pueblos son más sabios de lo que uno piensa". Maaoluf cuando piensa, piensa bien. Mirando al cielo. Saboreando su tiempo. Ordenando visiblemente tanto pensamiento. Callando a sus traductores. Ablandando a sus agregados. "A menudo me defino como un optimista preocupado". Puede que la mayor virtud de la preocupación está en el saber ocultarla. Poco antes de la vorágine, Maalouf sonríe, amablemente, ante la pantalla de un ordenador ajeno y frente a preguntas de personas que no conoce. En ese momento creo que a esa humilde sonrisa ni le pesa ni le sobra ningún premio. "Soy un observador del mundo". Y para cuándo un Mundo observador de Maalouf, me pregunto. Aprendamos todos para mañana que "el destino de las revoluciones es ser traicionadas". También habrá hueco para recordar que Los desorientados, en portugués, son los desnortados. Aquí puntuamos con matrícula eso de perder el norte. Es un alivio escuchar que "no tenemos, nunca, jamás, que cerrar los caminos de la esperanza". Qué manera de insuflar el ánimo colectivo. Qué firma tan redonda. Qué pasos tan calmados. Con la que está cayendo.

 

Por Noelia Olbés

Amin Maalouf en El Cultural: “No me siento un desertor por haber dejado el Líbano cuando estalló la guerra”

24 de octubre de 2012

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El escritor francolibanés repasa sus años juveniles en 'Los desorientados', novela que retrata el Líbano de finales de los 60, cuando la paz reinaba entre las distintas religiones.

En la identidad de Amin Maalouf (Beirut, 1949) hay una herida que seguramente nunca cicatrice. Abandonó el Líbano en 1975, cuando estalló la guerra civil, y se instaló en París, donde vive desde entonces. Fue en esos días cuando empezó a comprender que la vida iba en serio, que diría Gil de Biedma. Antes de que empezase el conflicto vivía hermanado con judíos, cristianos (como él), musulmanes, patriotas, internacionalistas, ateos, izquierdistas, conservadores... En su grupo de amigos confluían las múltiples tendencias ideológicas y religiosas de su país. Pero todo estalló por los aires. La quimera de la convivencia quedó despezada cuando los fanáticos empezaron a rociar de plomo las fachadas de los barrios enemigos.

Maalouf, premio Príncipe de Asturias en 2010 y miembro de la Academia Francesa, no deja de lamentarlo ni un solo día. "Fui un privilegiado al vivir esa época. Entonces yo no lo sentía así, para mí esa armonía era lo normal. Fue más tarde cuando me di cuenta de la suerte que había tenido", explica el escritor francolibanés a elcultural.es en la Casa Árabe de Madrid. En su última novela, Los desorientados (Alianza Editorial), ha decidido regresar a aquella arcadia feliz. Vuelve desde el territorio del desencanto, cuando sospecha que el mundo al que pertenece "se está desmoronando".

Maalouf por fin aborda este capítulo biográfico e íntimo que hasta ahora había estado sobrevolando sin atreverse a aterrizar en él. Su camino ha sido el inverso al habitual. En lugar de hablar en sus primeros libros de su experiencia directa, se había remontado a periodos previos a sus propias vivencias. Así lo hizo con León el Africano (ambientado en el mundo mediterráneo del siglo XVI) y Orígenes (enclavado en la época de sus abuelos). Los desorientados es, en cierto modo, un intento de cerrar esa herida de una vez por todas, un libro en el que vuelve a mirar a la cara a todos aquellos amigos que siguieron caminos tan dispares y entre los que los terminaron por entrometerse los prejuicios políticos e identitarios.

El gesto de Maalouf se emborrona con sombras cuando lo recuerda. "En todos estos años he visto cómo se rompían demasiados sueños...Soñaba con la paz en Oriente próximo, con que el mundo árabe se fuera democratizando, con que la identidad de cada pueblo no fuera un obstáculo para convivir".

- ¿Y la Primavera Árabe no le ha devuelto la ilusión?

- Al principio, sí. Las primeras fases fueron muy prometedoras. Surgió como un movimiento que pretendía sacudirse las dictaduras, que se conectó y se comunicó con métodos muy modernos, que pronunciaba unas consignas muy civilizadas...

- ¿Entonces?

- Es que luego todo eso cambió. Hubo un día concreto en que se produjo el punto de inflexión. Lo recuerdo perfectamente porque fue el día de mi cumpleaños, el 25 de febrero de 2011. Poco después de que dimitieran Be Ali en Túnez y Mubarak en Egipto, se produjo la represión violenta en Libia. En ese momento no me di cuenta pero aquel suceso lo cambió todo, porque un movimiento pacífico no puede seguir siéndolo si se combate con tanta saña. Igual pasó en Siria.

- Pero no habría que minusvalorar sus efectos, ¿no? Ha hecho caer a muchos dinosarios...

- El problema es que cuando los derribaron no tenían un movimiento político coherente detrás para tomar el poder. Los que obraron el milagro desaparecieron de la escena pública. En Egipto, por ejemplo, los militares tomaron el poder porque nadie lo tomaba, estaba como tirado en el suelo sin que nadie le prestara atención. El ejército no sabían muy bien qué hacer con él. Al final los que se lo han quedado han sido los partidos más conservadores, con ideas muy lejanas de la modernidad democrática.

Las preocupaciones de Maalouf, como es natural, también se extienden a su tierra natal, donde las aguas bajan revueltas después del asesinato del jefe del jefe de inteligencia (ya hay varios muertos por los enfrentamientos). La escalada de violencia tiene un fin incierto. "No sé si estamos a las puertas de una nueva guerra civil. Espero que no. Creo que las razones internas no son suficientes para desencadenarla, pero el Líbano está dentro de un contexto muy agitado y no puede abstraerse de él. En realidad, lo que pase en el Líbano depende mucho de lo que suceda fuera: de la evolución de la guerra en Siria, de las relaciones de este país con Irán, de las de Irán con Hezbolá, de las de Irán con Israel".

Parece que la guerra es la maldición de su patria. Cuando parece que va a levantar cabeza, un nuevo conflicto armado la vuelve a noquear, y así siempre en las últimas décadas. Maalouf, aunque se duele de la herida que lleva en su conciencia todo emigrado, no se siente un desertor por haber salido del Líbano cuando el odio se desbocó. "Hay muchos libaneses que también se fueron como yo que sí se sienten culpables. Y también los hay que pretenden hacértelo sentir. Siempre tuve claro que no debía implicarme en aquella guerra. No sé qué hubiese sido de mí si hubiera permanecido allí. Quizá ni hubiera sobrevivido. Yo me alejé geográficamente del Líbano, pero siempre mantuve los vínculos muy frescos con el país: en todo momento he estado informado de lo que ocurre allí, aunque ha habido intervalos de hasta 11 años en que ni lo he pisado. La verdad es que de mis amigos libaneses soy el que menos voy".

Su último regreso no lo ha hecho físicamente, sino con el recuerdo, que ha alumbrado Los desorientados. Lo podría haber titulado también Los desencantados. Maalouf no parece albergar esperanza alguna de que su pueblo recupere los tiempos felices. El nombre que le da al protagonista, Adam, claro alter ego de sí mismo, es prueba concluyente de la pertinencia de esa alternativa en el título. "El nombre lo elegí antes de ponerme a escribir. Luego me di cuenta de su carga simbólica. Roma la fundó Rómulo y su último emperador también se llamaba así. El Imperio bizantino lo fundó Constantino y también se llamaba así su último emperador". La regla de tres que plantea Maalouf queda clara, ¿no?

Por Alberto Ojeda en El Cultural (El Mundo).

 

Amin Maalouf ya es inmortal

16 de octubre de 2012

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El escritor de origen libanés ocupa el sillón dejado por Claude Lévi-Strauss en la Academia francesa con un discurso en el que reivindica la necesidad "de desgastar el muro de la abominación entre europeos y africanos, entre occidente y el islam, entre judíos y árabes".

Alianza Editorial anuncia la publicación este otoño de la novela Los desorientados.

"Usted me ha convencido de que la novela sigue siendo un instrumento incomparable para hablar del mundo.A través del artificio de la ficción, se desprende de la novela una forma suprema de verdad humana". Estas fueron las palabras con las que fue recibido el escritor libanés, premio Príncipe de las Letras 2010 por Jean-Cristophe Rufin, encargado de pronunciar el discurso de bienvenida de ingreso en la Academia francesa, el pasado 14 de junio. El también académico mencionó que es "un excelente presagio el hecho de que el momento en que ocupa su lugar entre nosotros coincide con su retorno a la escritura de ficción", y se refirió elogiosamente a su nueva novela Los desorientados, que Alianza Editorial publicará a lo largo del mes de octubre. Los desorientados es un retorno literario a su país natal que se convierte en una reflexión universal sobre el exilio, la identidad y el choque de culturas y creencias entre oriente y occidente. Temas que han estado siempre muy presentes en su obra.

En un discurso lleno de profundidad y no exento de sentido del humor, Rufin repasó la obra y la vida del escritor libanés, y añadió que "nadie entra solo en esta casa: los novelistas llegan con sus personajes, los historiadores con su época favorita, los poetas con sus imágenes. Pero son raros los que llegan como usted acompañados por tantos mundos diferentes, tantos lugares y tantas memorias. La única pregunta que cabría hacerse es si un solo sillón será suficiente para acogerle entre nosotros..." y terminó invitándole a entrar en la Academia con todos "sus nombres, sus lenguas, sus creencias, sus rabias, sus extravíos, su sangre, su exilio", pero sobre todo sin dejar de ser él mismo.

La Academia francesa, fundada en 1635 bajo el reinado de Luis XIII por el Cardenal Richelieu, está integrada por 40 miembros, y ha contado desde su creación con 722 "inmortales" en representación de lo mejor del conocimiento y de las artes de la nación. El nombre de "inmortales" deriva de la inscripción "A la inmortalidad" grabadaen el sello que reciben los académicos. Los miembros electos pronuncian su discurso de ingreso en memoria del académico fallecido cuyo sillón ocupan.

Por su parte Amin Maalouf arrancó los aplausos de la sala al cerrar su discurso diciendo que "cuando se obtiene el privilegio de ser recibido en una familia como la vuestra, no se puede llegar con las manos vacías. Y si uno es, al igual que yo, un invitado levantino, tiene que llegar con los brazos llenos. En agradecimiento tanto a Francia como al Líbano, traigo conmigo todo lo que mis dos patrias me han regalado: mis orígenes, mis lenguas, mi acento, mis convicciones, mis dudas, y por encima de todo, mis sueños de armonía, de progreso y de coexistencia. Estos sueños están hoy día maltrechos. En el Mediterráneo se ha levantado un muro que separa los dos universos culturales a los que pertenezco. Es un muro que no pienso saltar para pasar de una orilla a otra. Mi ambición es la de desgastar ese muro de la abominación -entre europeos y africanos, entre occidente y el islam, entre judíos y árabes-, de contribuir a su demolición. Esa ha sido siempre mi razón de vivir, mi razón de escribir, y la perseguiré en vuestra compañía. Bajo la sombra protectora de nuestros antepasados. Bajo la mirada lúcidade Lévi-Strauss."

Amin Maalouf ha hecho bien en volver a la novela

11 de octubre de 2012

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Amin Maalouf ha hecho bien en abandonar provisionalmente el ensayo para volver a la novela. En Los desorientados, muestra que no ha perdido la mano de narrador franco-oriental, y que los sentimientos e ideas que agitan su corazón y su cabeza de exiliado libanés se encarnan perfectamente en personajes recogidos de su memoria, revisitados y aumentados por su imaginación. Amin Maalouf nos recuerda que, pese a haber ingresado recientemente en la ilustre Academia Francesa, no ha dejado de ser heredero de las Mil y una noches.

LE JOURNAL DU DIMANCHE, Bernard Pivot

Su novela es un libro potente y grave que puede leerse también como una parábola geopolítica. "Es Occidente -le hace decir Maalouf a uno de sus héroes- quien es religioso, incluso en el ateísmo. Aquí, en Levante, no se preocupan de las creencias, sino de las pertenencias. Nuestras confesiones son tribus, nuestro celo religioso una forma de nacionalismo..." Del Oriente Próximo y en plena guerra siria, raras veces se ha leído un análisis tan fino como el de Amin Maalouf, libanés exiliado, pero ante todo escritor del mundo, recientemente ingresado en la Academia Francesa.

LIVRES HEBDO

Los que conocen el Líbano leerán con el corazón encogido esta desgarradora novela. Pero los demás también se reconocerán en este libro tan personal en el que Amin Maalouf trata un tema universal: ese sentimiento de traición que nos embarga cada vez más al hilo de los años y de los muertos. La traición a la tierra natal que se ha abandonado, los padres con los que estúpidamente olvidamos hablar antes de su desaparición, las amistades que descuidamos, los grandes sueños de juventud que encallaron en las arenas de la realidad donde se les dejó pudrirse.Envejecer, es traicionar un poco. A veces, mucho. Esta novela de acentos dostoyevskianos es un fresco de esas traiciones, grandes o pequeñas, que nos impone el tiempo que pasa.

LE POINT

Amin Maalouf, al contraponer la experiencia de Adam con la de sus amigos desperdigados, pone en escena un perfecto dispositivo de estudio de los sentimientos y los pensamientos que puede suscitar la emigración. No puede no impresionar la amplitud y lo acertado de su introspección. No son exactamente ciudadanos del mundo, ni tampoco ciudadanos de su país natal, pertenecen a una patria interior que ya nada encarna. Adam y sus amigos le confieren al exilio, a los exilios infinitos de aquellos cuyas esperanzas han sido frustradas por el paso de la historia, una figura convincente, cercana y contemporánea.

LE MONDE DES LIVRES

Amin Maalouf reflexiona sobre el exilio y la identidad en su última novela

10 de octubre de 2012

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El escritor libanés Amin Maalouf, premio Príncipe de Asturias de las Letras 2010 y miembro de la Academia Francesa, regresa a su país natal con su nueva novela, Los desorientados (Alianza Editorial). Una reflexión universal sobre el exilio, la identidad y el choque de culturas y creencias entre oriente y occidente, siempre presentes en su escritura, en un mundo que vive en estado de prórroga.

En la novela que estará a la venta en España el 19 de octubre, Maalouf narra la historia de Adam, un reputado historiador que vive exiliado en París, lejos de su patria de la que huyó hace veinticinco años. Adam ha pugnado por olvidar sus recuerdos de la infancia, pero basta una llamada para que resurjan.

Mourad, su mejor amigo de la infancia, se está muriendo. Su último deseo es reconciliarse con él. Tras décadas de ausencia, Adam está de vuelta en su país de origen, un país oriental de montañas lechosas. El intelectual exiliado vuelve a descubrir los lugares y la gente que amaba, y que sin embargo eligió abandonar sin una mirada atrás.

Su pasado le atrapa: recuerda a sus antiguos amigos y la guerra que los dividió. Adam es alojado por la bella Semiramis, mientras averigua qué ha sido de sus amigos de la infancia. Todos han elegido caminos diferentes en sus vidas, y alguno tiene sangre en las manos. ¿Qué es mejor, la pureza del exilio o el compromiso que acaba por corromperse? El valor no se encuentra siempre donde uno cree. El amor y la amistad, los ideales y los compromisos, la política, el deseo y la traición son asuntos a los que Adam habrá de enfrentarse.

El autor de León el Africano, Samarcanda y Las cruzadas vistas por los árabes nació en Líbano en 1949. Estudió economía, política y sociología. Trabajó en el diario An Nahar como responsable de la sección de internacional, medio con el que viajó por países como Etiopía, Somalia, Bangladesh y Vietnam, en donde fue testigo de la batalla de Saigón.

En 1975, cuando estalló la guerra de Líbano, se exilió en Francia en donde trabajó como redactor-jefe de la revista Jeune Afrique. Actualmente, se dedica exclusivamente a la creación literaria. Cultiva la narrativa, el ensayo y la ópera. Entre los numerosos premios que ha recibido, cabe destacar el Maison de Presse, el Goncourt y el citado Príncipe de Asturias 2010 en reconocimiento a toda su obra y a su empeño en estrechar lazos entre Oriente y Occidente.

Con motivo del lanzamiento de esta novela, Maalouf viajará a Madrid, donde presentará el libro en Casa Árabe el 22 de octubre

 

EUROPA PRESS

La cultura es nuestra única brújula. Entrevista por Laurent Borderie

10 de octubre de 2012

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Recientemente ingresado en la Academia Francesa, Amin Maalouf publica una fascinante nueva novela que mezcla los destinos individuales y el sentido de la Historia.

Eran un grupo de amigos en los años setenta, en un país que no puede ser sino el Líbano. Los bizantinos, como se hacían llamar, no compartían la misma religión ni la misma cultura pero sí el amor por su país y soñaban con un futuro que fue truncado por la guerra.

Treinta años más tarde, cuando el grupo se ha dispersado por todo el mundo, la muerte de uno de ellos lleva a Adam, el narrador, a buscar un punto de encuentro. Sobre la tumba de Mourad, el amigo que se corrompió durante la guerra, ¿será posible reunir a Naïm, judío exilado en Brasil, a Semiramis, bella levantina de nombre babilónico, Albert, ciudadano americano, Ramez, rico empresario de los países del Golfo, Ramzi, monje, o Nidal, integrista musulmán?

La triste realidad de una guerra aún reciente en la memoria se impone. En Los desorientados, Amin Maalouf persigue la misión que se fijó desde siem­pre: escribir para dar testimonio y combatir los muros del odio.

En esta obra parece, más que nunca, que habla de su propia historia?

Los desorientados habla de la época y del en­torno de mi juventud. No es mi historia, pero sí una historia que me es cercana. En Adam hay un poco de mí, pero también de lo que yo he soñado, y de lo que otros han conocido. Los demás pro­tagonistas son personajes recompuestos o inven­tados. Cada elemento de la historia evoca algo de mi pasado. Lo que predomina es el estado de ánimo con el que he construido el libro, detalles de personalidades que me vienen a la mente, fa­cetas, palabras escuchadas que he restituido. Es un libro que rinde cuenta de mi juventud.

Sus anteriores libros parecen llevar irremisible­mente a este.

Hay escritores cuya primera tentación es contar su historia, luego van de lo autobiográfico al dis­tanciamiento. Yo he hecho lo contrario. Me he ido muy lejos, me he alejado de mí mismo y de mi época con libros como León el Africano y, como un ave rapaz, con cada libro me voy acercando a mi época, a mi tiempo, a mí mismo? Siempre he querido contar la vida de mis ancestros, ir lo más lejos posible e irme acercando. Con Oríge­nes, llegué a la época de mi abuelo. Una fuente me llamaba, la de mi juventud, de mis amigos, y me parecía que había llegado el momento de hablar de ello pero me lo pensé mucho antes de meterme en ese territorio. Se ha producido de una manera sencilla. He sentido la llamada del personaje de Adam, que está en mí pero no del todo, me he dejado llevar y han surgido los de­más personajes.

Con cada libro me voy acercando a mi época, a mi tiempo, a mí mismo?

El Líbano, que es el principal personaje de la nove­la, no es nombrado nunca...

Me he dado cuenta al escribir el libro. No ha sido deliberado. El motivo principal viene del hecho de que los personajes no son reales. Digo lo su­ficiente para que se entienda que no se trata de otro país. Si lo hubiera nombrado hubiera debido atemperar mi relato. No hay ninguna referencia a un lugar preciso. Mi discurso ha sido más libre al no citar el Líbano.

Esta novela me ha parecido que ilustra su ensayo Identidades asesinas.

Cuando escribo un ensayo, hay cosas que tengo ganas de decir. Una vez que las he dicho, pue­do permitirme encarnarlas en personajes que no necesitan un análisis previo. Esta novela refleja la misma cólera. Esta lucha me ha preocupado siempre. Me habría gustado que el Líbano fue­se un faro. El Líbano necesita ser repensado, reconstruido. Y lo será gracias a la cultura. Es esencial, necesaria para permitir el diálogo. La ignorancia lleva en sí el conflicto. El problema del mundo es cultural, la solución es cultural. La cultura nos da la brújula.

Demuestra que el encuentro entre los hombres lo posibilita la voluntad, no el destino. ¿Es de­masiado pronto para construir un nuevo Oriente Próximo?

Eso me recuerda al final de la novela, cuando se dice que Adam está en suspensión, como su país, como este planeta. Estamos todos así. En lo que concierne a Oriente Próximo, a la luz de lo que sucede hoy, se puede pensar que está estancado. Pero la civilización levantina podrá volver a le­vantarse, y jugar su rol en el mundo.

Puede convertirse en un símbolo, el de la coexis­tencia pacífica como lo era Beirut, pero también Sarajevo, Salónica, y Alepo, ciudades en las cua­les cohabitaban los orígenes de todas las lenguas. ¿Hay que hablar de esas ciudades en pasado o verlas como prefiguraciones del porvenir? ¿Tiene el mundo conciencia de lo que se está perdiendo hoy en día? Esa esperanza no puede desaparecer. Los que piensan de este modo son cada vez más.

En su discurso de introducción a la Academia Francesa deseó «minar el muro del odio entre europeos y africanos, occidente e islam, judíos y árabes». ¿Sus libros participan de esta demolición?

Me dedicaré siempre a ello. No sé en qué me pue­de ayudar la Academia, pero pertenecer a esta institución me reviste de una credibilidad que fa­vorece que se me escuche más. Participo en esta lucha por lealtad al Líbano, que no podrá sobre­vivir en el odio y el conflicto. Lucho también por lealtad a Francia, que puede participar de esta coexistencia armoniosa. Hay que superar la ló­gica del enfrentamiento. Es necesario encontrar soluciones. Estos conflictos son una calamidad. Un escritor no tiene los medios de cambiar las cosas pero debe hacerlo. Hay pasos que deben ser dados.