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Los buenos exilios. Por Imma Monsó (La Vanguardia).

26 de octubre de 2012

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Amin Maalouf presentó ayer en Barcelona su último libro. Maalouf es, como Gombrovicz o Kundera, uno de esos escritores expertos en buenos exilios. Abandonó el Líbano cuando la guerra empezó a mancillar lo que hasta entonces era el paraíso más próspero y cosmopolita de Oriente Próximo. Se instaló en Francia con todo lo que la decisión comportaba: el deseo de un futuro mejor, pero también la carga de culpabilidad por haber desertado de un lugar amado que se volvía invivible, también la herida de separarse de sus mejores amigos, también la certeza de que tendría que soportar los reproches explícitos o mudos de aquellos que se consideraban los suyos. Este exilio, que marcó un antes y un después en su vida, no era ni mucho menos el primero, pues la sensación de ser extranjero en cualquier parte lo ha acompañado desde la infancia. La sensación de exilio, obligado o elegido, es una de las mejores terapias que se puedan llevar a cabo contra la intransigencia. Proporciona perspectiva.

Y no estoy hablando de los grandes exilios: cualquier pequeño exilio puede ser aprovechado para sobrevolar un poco las miserias del entorno más inmediato. Cuenta Maalouf que para él fue más fácil pasar de Beirut a París que para su padre trasladarse a Beirut desde su pueblo, que sólo distaba cuarenta kilómetros de la capital. "En el Líbano -dice Maalouf-, las distancias objetivas son siempre ínfimas, mientras que las verdaderas distancias, las distancias interiores, son considerables". Podemos añadir que no sólo en el Líbano sucede esto. Si me apuran, ni siquiera es necesario mover un pie para sentir esa distancia: hay quien recorre el mundo entero y jamás se mueve del sitio. Y hay quien sin salir de casa está siempre en otra parte. Por supuesto, el estado de exiliado es como todas las adversidades: te puede hacer más fuerte o más débil. Te puede abrir al mundo o encerrarte en tu gueto: todo depende del crédito que estés dispuesto a conceder a tus prejuicios y del tiempo que quieras dedicar a expulsarlos. Aferrados al alma como la liendre al cabello, los prejuicios no desaparecen con un simple lavado. Si me disculpan la piojosa metáfora, hemos de observarlos uno a uno y extirparlos con paciencia. En tiempos de conflictos, nos conviene pararnos a analizarlos con mucho detenimiento. Y los expertos en exilios son de gran utilidad, porque saben bien lo que significa la mirada ajena cargada de prejuicios, esa que cuando te mira no ve en ti a un individuo, a una acumulación única de identidades distintas, sino que sólo ve la intercambiable pieza de un colectivo: un catalán, un serbio, un musulmán, un judío, un chino...

Sí, conviene leer a los expertos en exilios, en este momento, más que nunca.

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